Mariano Arnal
Estamos en continuo proceso electoral. Y en ebullición. Debe ser que nuestro inconsciente, insatisfecho de la indigencia democrática que padecemos, suspira por soltar la papeleta en la urna. Ya apenas nos queda a los ciudadanos más ejercicio democrático que el voto. Nos desprendemos de él cada cuatro años por circunscripción (Europa, España, Comunidad Autónoma, Municipio. Y de propina, las antidemocráticas elecciones sindicales). Pero cada vez es más profunda la sensación de que con el voto nos desprendemos también de la ciudadanía.
En efecto, una vez que has votado ya no eres nadie. Y tan nadie, que ningún partido de los que te pidió el voto se siente obligado a cumplir los compromisos que supuestamente adquirió contigo al prometerte en la campaña el oro y el moro.
El primer fraude son las coaliciones de partidos para gobernar. Los coaligados han de renunciar a sus programas para obtener el poder. Y renuncian sin el menor duelo ni escrúpulo. La pasta es la pasta, y le arregla personalmente al representante político, no a los representados. Por lo general a éstos el pacto de gobierno no los arregla, sino que los saquea. Y en las municipales que vienen, ¿conseguiremos algo más? Tendríamos que poder. Si los políticos no son capaces de acercarse al ciudadano desde el municipio, si la política de máxima proximidad no es capaz de ponerse al lado del ciudadano y de su parte, ¿qué le queda al pobre? Pues le quedan la desesperanza, la desilusión, la resignación. Es decir que no le queda nada más que el cabreo y la abstención. ¡Vade retro!
